Un secreto que remeció mi camino a la maternidad


“¿Su marido ya embarazó a alguien antes?”, me preguntó mi médico. Estábamos intentando averiguar el motivo de mi infertilidad.

“No”, respondí. “Creo que no. Se lo voy a preguntar”. Parecía algo que yo debía saber.

Mientras conducía de vuelta a casa por las sinuosas carreteras del condado de Marin, llamé a mi marido, Nick. Al principio, evité la pregunta contándole lo que había pasado ese día en el restaurante donde trabajaba: un cocinero estaba enfermo. Y, ah sí, mi médico me preguntó si alguna vez habías embarazado a alguien.

Las secuoyas se alzaban a ambos lados, creando un crepúsculo artificial. Silencio.

“¿Me escuchaste?”, le pregunté.

“Sí, te escuché”, respondió Nick. “Y, sí, lo he hecho. En mi último año en la escuela secundaria”.

“Vaya, nunca me lo habías contado. ¿Eso significa que ella tuvo un aborto?”.

“Sí”, dijo, su voz apenas audible.

¿Qué? ¿Cuatro años de matrimonio y nunca salió el tema? “Casi no puedo oírte”, dije, tratando de sonar despreocupada. “Hablemos más tarde. Por ahora, supongo que puedo informarte que tus herramientas parecen funcionar bien”.

En casa, preparamos la cena, le dimos de comer al gato, bebimos vino, doblamos la ropa, vimos un programa, nos lavamos los dientes y él siguió sin mencionar nada al respecto.

Nos metimos en la cama. En mi mesita de noche había un libro titulado Spirit Babies: How to Communicate with the Child You’re Meant to Have (Bebés espirituales: cómo comunicarse con el hijo que estás destinada a tener). Nick estaba de espaldas a mí, pero su respiración entrecortada me indicaba que seguía despierto. Al final se dio la vuelta y vi que estaba pálido y sudoroso.

“No hubo aborto”, me dijo. “Mi novia de la secundaria se quedó con la bebé. Sus padres me pidieron que firmara un papel diciendo que no tendría nada que ver. Renuncié a mis derechos antes de que naciera la niña. Nunca la he visto. Ni siquiera sé si le hablaron de mí”. Las palabras temblaron en su boca. “Lo siento mucho. No sabía cómo decírtelo y luego pasó mucho tiempo”.

Mi cerebro luchaba por ponerse al día. Debía adaptarme a esta nueva realidad donde el hombre al que le había prometido mi vida era capaz de ocultarme un secreto de esa magnitud, una realidad donde ya tenía una hija.

“Cada año que estuvimos juntos se hizo más y más difícil”, dijo. “Una vez que empezamos a intentar tener un bebé, sentí que no podía decírtelo, no quería que se interpusiera en tu experiencia”.

“¿Mi experiencia? Se trata de nosotros. Nuestra experiencia. ¿Cómo puedes guardar un secreto así?”. Empujé las sábanas, el calor se instaló en mi pecho, la cama King size de repente me hizo sentir claustrofóbica.

“Me preocupaba que me dejaras”. La cara de Nick parecía tan joven entonces, asustada y adolescente.

“Está bien, dímelo”. Respiré hondo para calmarme. “Cuéntame toda la historia”. Ojalá pudiera decir que todo salió a borbotones, pero fue más bien un goteo, con constantes persuasiones de mi parte. El hogar evangélico de su novia. La banda de punk-rock de Nick. La hija del predicador. Chico malo. Aborto fuera de discusión. Sus planes para la universidad.

Su voz se detuvo entonces, pero sus manos siguieron moviéndose, juntando los bordes del edredón, y luego alisándolo de nuevo. “Estaba totalmente paralizado. Lo único que quería era que alguien me dijera lo que tenía que hacer”. Se esforzó por mirarme a los ojos. “Renuncié a mis derechos sobre una niña no nacida. Dijeron que era lo que ella quería”. Me tendió débilmente la mano, pero yo no estaba lista para dársela.

Gracias a amigos de la secundaria, él había averiguado que el bebé era una niña llamada Maeve. Había nacido cuatro días después de su cumpleaños 18 y era pelirroja como él. En algún lugar yo tenía una hijastra de 19 años que podía o no saber nada de nosotros.

La sensación persistente que no podía quitarme de encima era que conocía parte del dolor de Maeve. Era el eco de un dolor que yo entendía íntimamente. Había crecido sin mucha influencia de mi padre biológico, que vivía en el extranjero. Mi madre murió cuando yo tenía 13 años, y me crio mi padrastro, que estuvo presente, pero era reservado. La falta de amor paterno fue creando en mí una falta de autoestima cada vez mayor. Me preocupaba que Nick hubiera infligido el mismo dolor a su hija.

Con el paso de los días, no dejaba de hablar con él. ¿Cómo te sientes ahora que ha salido a la luz? ¿Cómo puedo confiar en que no volverás a tener secretos conmigo? No paré; hablábamos de ello todos los días, profundizando. Por fin había una manera concreta de combatir mi infertilidad. Tenía que creer que nuestro bebé espiritual llegaría una vez que iluminara cada rincón de la historia.

Para entonces, habíamos pasado de la concepción natural a la inseminación intrauterina (IUI), y la sala estéril de la clínica de fertilidad ocupaba el lugar de nuestro dormitorio. Me inyectaba hormonas en el estómago y una “inyección desencadenante” para sacar los óvulos de sus folículos en el momento justo. Los medicamentos hicieron que mi piel se cubriera de una constelación de puntos rojos en relieve que no podía dejar de mirar.

“Estoy cambiando por ti”, le dije a mi bebé espiritual.

Después de que fracasaran las dos primeras rondas de IUI, maldije a mi cuerpo, un traidor que se negaba a completar lo que yo consideraba una función biológica sin esfuerzo. Un acupunturista pensó que había un trauma no procesado por el que mi útero era un entorno poco acogedor. Un pódcast me dijo que no lo deseaba lo suficiente. Mi instinto me decía que todo dependía de sanar la relación con Maeve.

“No podemos quedarnos sentados sin hacer nada”, le dije a Nick. Era el día antes del Día de la Madre. “Es hora de escribir una carta, contarle a Maeve todo lo que me has contado”.

Me sentí aliviada cuando aceptó.

Nick encontró la dirección de la madre de Maeve en Google y un mes después le envió por correo una carta de una página. Era una carta desgarradora y abierta, llena de remordimientos, vergüenza y, en última instancia, esperanza. Empecé a soñar despierta con abrir la puerta de casa, con una panza enorme de embarazada, y ver a Maeve allí, viniendo a conocernos.

Pero no hubo respuesta. Pasó un año. Pasamos por seis rondas de IUI hasta que quedó claro que necesitábamos avanzar en los tratamientos de fertilidad. Mi médico elaboró la lista de medicamentos e imprimió el calendario. Inyecciones de hormonas. Extracción de óvulos. Enfriamiento. Pruebas genéticas. Transferencia de embriones congelados. Seguir avanzando. Seguir el calendario. Renunciar al control. Dejar que viniera nuestro bebé espiritual.

Entonces, un martes cualquiera de esa primavera, Nick recibió una llamada de la madre de Maeve. Cuando colgó, estaba temblando. Maeve quería conocerlo. Había pensado en acercarse muchas veces a lo largo de los años, pero siempre decidía no hacerlo. Maeve no quería traicionar a su madre ni a su padre adoptivo pareciendo necesitar algo distinto de lo que ellos podían proporcionarle. Pero su carta abrió la puerta; habían ido juntos a terapia y decidieron que había llegado el momento.

Tras varias llamadas telefónicas entre Nick y la madre de Maeve, quedamos de vernos con Maeve en un parque una cálida tarde de septiembre. Faltaban 10 días para la transferencia de embriones. A sus 20 años, estaba a medio camino entre ser una niña con su overol y sus coletas, y una joven elegante de cuello largo y brazos delgados. Nos sentamos juntos en una mesa de pícnic y hablamos durante horas, con su voz tranquila y mesurada.

El rojo de la barba de Nick se reflejaba en su pelo cobrizo. Era un pedazo de él de carne y hueso, una parte de nuestras vidas.

Un mes después, para celebrar el cumpleaños 40 de Nick, alquilamos una cabaña en las montañas de Sierra Nevada, cerca de donde vivía Maeve. Habían pasado dos semanas desde la transferencia de embriones, lo que significaba que por fin podía hacerme una prueba de embarazo. Había traído una y pensaba hacérmela esa misma noche.

Maeve vino a cenar con nosotros, tiernamente torpe y dulce con su chaqueta de surfista sobre nieve y su gorro. Pasamos horas escuchando sus historias sobre la preparatoria y la infancia. A Nick se le iluminó la cara cuando hablaron de su amor común por el punk-rock y la pintura. La conversación no daba señales de detenerse, así que recogí los platos y me escabullí escaleras arriba.

La prueba tardó 10 minutos en procesarse; puse el cronómetro en marcha y me tumbé en la cama, dispuesta a no mirar antes de tiempo. Pasé la mano por la frazada de cachemira; ese movimiento repetitivo me calmó los nervios. Por fin llegó el momento.

Me senté en el borde de la cama para estabilizar las manos temblorosas y agarré el dispositivo con dos líneas azules. Positivo. Empecé a llorar. En la cocina, sus dos voces se elevaron hasta la cima del techo y se fundieron en una melodía. Ya no necesitaba preguntarme dónde estaban nuestros bebés. Estaban aquí, con nosotros.

Arielle Giusto es chef y escritora en Woodacre, California.



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